Desintegración, a piezas

Miraban el cielo estrellado, con aquella inquietud que se había hecho propia de sus vidas. Eiko estaba tendida sobre el frío metal de la base espacial, en una plataforma alejada del leve ajetreo interplanetario. Jaru se había apropiado del techo de la nave, en el exterior, contemplando todo y paseando de tanto en tanto. Zarmad se dedicaba a contar los nerviosos pasos que éste daba sobre la nave, ya que esperaba sentado en la sala de mandos, recostado en su asiento. Soñoliento, haciendo huir incoscientemente sus pensamientos. Acabó por hacer suyo el nerviosismo de Jaru, así que tomó la determinación de hacer compañía a la soñadora Eiko.

Ella apenas se percató de su llegada, pero lo acogió con una cansada sonrisa. Zarmad se sentó a su lado, agarrándose los pies para vencer su vértigo en las bases espaciales, y de un modo quiso compartir aquella inquietud:

– El equipo médico pronto estará listo para devolver la conciencia a la muchacha – dijo con una sonrisa – Ha tenido suerte, podría no haber sobrevivido con todo lo que ha pasado…

Eiko no respondió, mantenía su mirada fija en un punto en el horizonte, por lo que Zarmad tuvo que centrar su atención en aquel lugar. No tuvo que esperar demasiado para comprender: naves exploradoras del Imperio. Quiso gritar auxilio, ya que su único destino en sus garras sería la muerte, pero se contuvo. Eiko se agazapó en la plataforma, arrastrando consigo a su compañero. No había errado al pensar que habría alguna nave sobrevolando la superficie de la base. Buscaron a rastras un refugio a las miradas de los terribles imperiales. Escasas posibilidades de volver a la nave y dar la alarma.

Aunque esto último no fuera necesario, pues el Ala Nocturna ya se elevaba para marcharse de allí. Jaru había avistado lo mismo que su protegida, Eiko, y había comenzado la evasión. Solo quedaba encontrar al resto de la compañía, en medio de todo aquel caos.

La gran nave se alzaba entre todas: ya no era posible la ocultación. Eiko y Zarmad abandonaron su escondite para intentar alcanzar a sus compañeros y huir. Segundos después de comenzar su carrera hacia la vida, comenzaron los impactos. Ráfagas de ametralladoras abrían amplios orificios dónde segundos antes habían colocado sus pies. La adrenalina les hizo apremiar.
Jaru permanecía en la compuerta de la nave, abierta y esperando su llegada para poder escapar.

Los globos oculares de Jaru se vieron desbordados por la luz que causó la explosión frente a él. Un cañón imperial había abierto fuego contra sus compañeros, haciendo volar gran parte de la plataforma. Jaru salió despedido hacia atrás, sumiendose en la semiincosciencia. La nave se vio impulsada hacia el lateral, permitiendo así una corta evasión del fuego enemigo.
Dándolo todo por perdido, el Ala Nocturna se abrió paso hasta la galaxia infinita, arransando con todo aquello que encontrara en su camino. Tal era la rabia y el dolor que nublaba el corazón de Taius: podía rendirse por completo y entregarse a un suicidio seguro.

Demasiadas almas a su espalda

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Publicado el 31 mayo, 2010 en Relatos. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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