Tiranía

Toda paciencia tiene un límite, y la de Crisus empezaba a agotarse a una velocidad alarmante. Su responsabilidad como máximo dirigente de su vasto Imperio lo había obligado a abandonar su palacio, sometido a fuertes jaquecas por la luz solar y escuchando la inútil palabrería de todos aquellos políticos que no tenían ni idea de como manejar un imperio.

El foro se había abierto a un total caos de griterío, incertidumbre e incomprensión. Muchos de aquellos charlatanes se alzaban para hacerse oír entre aquella multitud. Mientras, Crisus, en lo alto de su trono, intentaba evadir su mente de todo aquello.

Su mente rondaba a aquella muchacha, a aquella hereje en la que no cabía perdón alguno. Ciertamente le preocupaba poco que tipo de fe habitara en su corazón. No habría clemencia para ella por todos aquellos problemas que estaba causando su aparición y su fuga. Imperdonable.

Muchos de los habitantes de a pie habían visto la llegada de la nave en la que viajaba la hereje. Y también su huida. No habían pasado ni siquiera dos días antes de que rumores e historias circularan acerca de ella. Era la estrella perdida en el cielo, una nueva mesías y mártir. Decían que mostraba los estigmas de una antigua deidad de los tiempos perdidos.

“Maldita escoria, escoria esclava” pensaba el Emperador “Solo sirven para inventar falacias y arder en mis purgas”

La imaginó huyendo con sus salvadores, impartiendo su mensaje y creando nuevo caos. Apretó los puños con furia. Su cuerpo fornido se alzó de su trono improvisado, dispuesto a detener aquella locura.

Todos callaron al verlo alzado, y se retiraron intimidados. La velocidad de pensamiento de Crisus se veía reflejada en su cráneo artificial, emitiendo fulgores verdes. Una imagen inhumana para todos los presentes.

– No hay clemencia para aquellos que promueven el caos, la violencia, y la muerte. – habló con su voz mecánica. – Aquellos que sueñen con juicios y perdón, ¡que desistan! No permitiré nuevos errores acerca de este asunto.

Con un ondeo de su pesada capa, se volvió hacia la compuerta de salida. Mientras caminaba, sentenció:

– Quiero sus cabezas en el Palacio de Obsidiana

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Publicado el 9 enero, 2010 en Relatos. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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