Rescate precipitado

Algunos guardias se habían percatado ya de la intrusión de Jaru y Eiko, así que tomaron las armas prestos a eliminar a los intrusos. Dan cargaba con la joven rescatada e incosciente, mientras que Eiko abría paso.

Con mayor libertad y sabiendo que Dan no se movería hasta que todo estuviera asegurado, Eiko se desplazaba rápidamente, esquivando los proyectiles que querían acabar con su vida. Los disparos errados hacían saltar chispas por todo el pasillo, lo que daba un toque adicional de luz, parpadeante.
Si permanecían mucho más rato allí, no tardarían en verse afectados en la visión.

Un pequeño escuadrón se acercaba lentamente, abriendo fuego a diestro y siniestro. Eiko tenía poco que hacer, y se apoyó en la pared que tenía como cobertura para observar a Dan. Intentaba cubrir a la muchacha y a la vez divisar más allá, buscándola.

No podía abandonar ahora, por lo que empezó a disparar a ciegas, abandonando mínimamente su cobertura. Algunos cayeron, hasta que dejó de oír disparos. Nuevos pasos se aproximaban desde la posición de los soldados.

– ¡Dan! ¡Eiko! ¡Vámonos, no podemos quedarnos aquí!

Ambos miraron hacia el foco de la voz, y vieron al joven piloto sorteando los cadáveres que el mismo acababa de crear. Miraba absorto a la muchacha incosciente.

– ¿Quién demon…? – la pregunta de Zarmad quedó en el aire, rota por el alarido de dolor que causaba el impacto de bala en su hombro.

Jaru no había perdido el tiempo. Viendolo llegar, tomó cuerpo a tierra y una de las armas en el suelo. Ambos disparos se diferenciaban en segundos. Tardaron otro más en ponerse en movimiento.

– ¡Zarmad! ¿Estás bien? – preguntó Eiko mientras lo ayudaba a caminar.

– Sí… Creo que sí. Aún puedo conducir. – forzó la marcha para evitar su captura – El capitán nos espera, tenemos que salir de aquí.

Pasando por las paredes exteriores, los grandes ventanales dejaban paso a las vistas de la gran ciudad. Un disparo y se quebraron en mil pedazos, dejando una salida a la tripulación. Podrían alcanzar la nave pasando por los marcos que decoraban el edificio, pero aquel cuerpo inerte sería una carga.

Miraban desesperados hacia el abismo en el que podrían caer, hasta que una fuerte corriente de aire los arrastro al interior. No era otra cosa que los deslizadores del Ala Nocturna, a la que habían desplazado como salvación para todos.

Un salto forzoso y ya estarían en la nave. Listos para abandonar el planeta. Tal vez para siempre.

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Publicado el 18 octubre, 2009 en Relatos. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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