El juicio injusto

Se hundía en una profunda oscuridad, el eterno sueño la reclamaba poco a poco, y también eran pocos los momentos que a Miriam le faltaban para ceder y redirse al último descanso.

Una terrible sensación de vértigo la invadió, en un momento dado en el que aquellas manos de hierro la arrastraban por el suelo, al verse incapaz de caminar. También un gran tumulto, todo voces sorprendidas y gritos ahogados, susurros de compasión y risas apagadas de desprecio y burla. Miriam percibió todo aquello, pero en seguida lo ignoró, su miedo a las alturas la obligaba a retraerse en si misma y a no dejar entrar nada más.

– Se acercaban tiempos de tiniebla, tinieblas traídas por una falsa doctrina – escuchó, entonces sí, hablar una voz – Dulces mentiras recogidas todas en este mismo tomo, herejías que predican la existencia de un falso dios.

¿Silencio? No, de nuevo más murmullos.

– ¿¡Quién se atreve ahora a dejar vivir a esta nueva amenaza, a esta fe que promete a nuestras libres naciones la muerte de la paz y el orden!? ¿Quién?

Miriam comenzó en susurro ahogado una vieja plegaria que le confió el pater Alexius. Parecían resonar por toda la gran sala. Se sintió observada entonces, más intensamente, por aquel orador que buscaba su condena, tal vez su muerte.

Su estómago sintió saltar de nuevo, vencido por su fobia, comenzando a hiperventilar. Supuso que ascendían, aunque desconocía como y desde donde lo hacian. Haciendo acopio a fuerzas que no tenía, alzó la cabeza para mirar a quien la juzgaba tan severamente. Se sintió desfallecer por completo al reconocer los ropajes de otro inquisidor. Su vida, en aquel justo momento, no tenía valor alguno, y estaba en manos ajenas.

El desconocido inquisidor continuaba su acusación:

– Así que, humildemente rogamos a su Emperador Hertian Criso, que evalue el peligro que esta hereje inflige – señaló despreciativa y acusadoramente a su prisionera – y dicte sentencia para el bien de todos nosotros. Vuestra sabiduría sabrá hallar un buen fin a esta causa, a este juicio.

El Emperador, desde su trono en las alturas, acariciaba su mentón y vacilaba. Su enorme armadura aumentaba su complexión, y por lo tanto, su intimidación. Aunque, en mayor parte, ese trabajo lo hacían sus ojos, que ahora vagaban errantes por sus propios pensamientos.

El Senado entero esperaba que se alzara su voz.

– ¿Que dicta la Voz del Emperador Crisus?

Sus ojos grises cayeron sobre Miriam, con una intensidad furibunda e incosciente, con el rostro enterrado en sombras.

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Publicado el 21 agosto, 2009 en Relatos. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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