La Palabra a la luz

Quería cerrar los ojos, para no despertar, pero ese último tropezón le obligó a abrirlos. Miriam apenas veía más allá de un palmo, en la profunda oscuridad en la que se adentraba. Sentía a su alrededor a los infelices que corrían su misma suerte, muy cerca suya, y también podía escuchar los pesados pasos de las armaduras que parecían huecas, que los guiaban a su encierro.

Intentaba no pensar en el oscuro pasillo que recorría, cuyas paredes parecían estrecharse a cada paso que avanzaba, con rapidez pasmosa. El tiempo no existe en la oscuridad.

Un grito resonó en a lo lejos, y cada vez se alejaba más. Miriam sintió como se estremecía de punta a punta, y aún continuaba así cuando corrió el leve rumor de que había escaleras más adelante. Miriam no quiso imaginar la suerte de aquel al que creyó caer. Se sostuvo como pudo en las paredes, tanteando lentamente cada escalón al descender.

Los guardias, tan solo reconocidos por aquellos puntos rojos que mostraban la posición de sus ojos, se adelantaban sin vacilar. Al comunicarse entre ellos tan solo se percibía un murmullo incompresible, quedando las palabras encerradas en aquellos terribles cascos, símbolos de terror.

Continuaron su camino, ignorándose los presos entre ellos, pasando de largo si alguien caía, insensibilizado por su propio miedo, encerrado en su intento de consuelo.

Una mano, enguantada en aquella armadura, asió fuertemente el brazo de Miriam, separándola de la fila que seguían todos ellos. Pronto se encontró en una celda que solo ocupaba ella. Tras soltarla de cualquier modo en su interior, se refugió en una de las esquinas de la celda, abrazándose a sí misma. Las lágrimas brotaron, incontenibles y amargas.

En su recuerdo flotaba, reviviendo la muerte de pater Alexius, su mentor y amigo. Su huída del templo en llamas, en el que se había adentrado temerariamente en busca de su gran tesoro, el mismo que ahora le habían arrebatado.

Seguía en su lamento, hasta que escuchó como alguien entraba en su celda. Pasos lentos, pausados, que se aproximaban a ella. Miriam levanto la vista, dejando llegar la luz a sus ojos. Vio entonces a un guardia que esperaba en la puerta, y a otro hombre, alto y adusto. En sus manos llevaba las Santas Escrituras, arrebatadas de sus manos. Quiso abalanzarse sobre él, pero lo que reconoció en ese hombre le hizo retroceder: sobre él caían los pesados ropajes y atuendos inquisitoriales. La oscuro de ese signo mostraba también la maldad de sus acciones, su crueldad y apatía hacia la humanidad.

– Déjanos solos – le dijo al guardia. Voz rota, fría.

El guardia obedeció, y cerró el portón. Así, el inquisidor se aproximó a ella, moviéndose como si realmente perteneciera a aquel entorno: la oscuridad.

– Nada escapa de las manos del Pancreator – dijo mientras se agachaba junto a ella, y la asía de la barbilla sin ninguna delicadeza – Ni siquiera las novicias de un culto hereje, destinado a la destrucción.

Dejó caer el rostro de Miriam, que tenía ahora la mirada vacía. En aquellos instantes se había deleitado en la mirada de incomprensión, de miedo, de anhelo por vivir. Un placer casi enfermizo. Ahora cerraba sus ojos arrullando el recuerdo en su memoria.

– Serás juzgada por los dueños del mundo, y ellos decidirán tu destino – declaró el inquisidor – Y esta patraña de mentiras arderá como todo lo impuro debe arder.

– Inquisidor Malshir – habló un guardia al abrir de nuevo el portón – Se le requiere en el exterior.

Malshir asintió y se dirigió a la salida, no sin volver la mirada hacia Miriam, para después abandonarla en su soledad y silencio.

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Publicado el 24 julio, 2009 en Relatos. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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