Una sola voz

Zarmad se apresuraba a poner en marcha la nave, dando a sus compañeros la oportunidad de ver algo común: su rostro abandonaba la habitual alegría para tornarse en profunda concentración, mostrando la importancia para él de un trabajo bien hecho.

Todo esto lo observaba Dan Jaru, mientras acataba las órdenes de Zarmad. Jaru, además de maestro armero en el Ala Nocturna, se encargaba del funcionamiento y mantenimiento de la nave, en cuanto a mecánica y tecnología se tratase. La nave despegó y comenzó la travesía hacia el planeta Drarion, que prometía ser tranquila.
Una vez terminó su labor, Jaru regresó al taller de droides, en las profundidades de la nave. De camino, se deslizó silenciosamente de la Sala de conferencias, donde se hallaban reunidos Irman y los dos presidentes.

– Tiene usted una nave magnífica, capitán Irman – oyó decir a uno de los últimos.

– Se lo agradezco, y ojalá les sea grata su estancia durante el viaje – respondió Irman.

Jaru interpretó el siguiente silencio como momento de asentimientos y sonrisas a modo de agradecimiento o complacencia.

– Señores… – continuó Irman – El motivo de esta gran reunión no me es desconocido, sé que se presenta un gran juicio… pero reconozco que me intriga profundamente el motivo que reúne a todas estas potencias políticas, ¿qué es lo que se juzga?

La tensión creció de pronto, y casi era palpable, y el silencio se tornó realmente incómodo.

– … Tan solo se toman medidas para mantener la paz, el orden establecido en los universos… Os basta con eso.

Irman guardó silencio, a la vez que Jaru continuaba su camino. No quería escuchar más.

Una vez se encontró abajo, en la gran expansión que podía llamar sus dominios, respiró tranquilo. Pobremente iluminado, parecía querer evocar los antiguos talleres anteriores a la Nueva Era, inundado de miles de fragmentos y maquinaria aparentemente inútil. Ahí residía su magia.

Un droide defectuoso se hallaba en la “mesa de operaciones”, mientras la joven Eiko trataba con los mecanismos de su cabeza. No se percató de la llegada de Jaru, por lo que siguió con su trabajo. Este tomó uno de sus trabajos por terminar y comenzó su labor. Eiko levantó la cabeza por fin.

– Ha ido todo bien, ¿no?

Por respuesta recibió un silencioso asentimiento. Eiko resopló sonoramente, casi ofendida.

– Dan, en ocasiones odio que seas mudo – Sus palabras consiguieron que le devolviera la mirada, que provocó una tierna sonrisa en el rostro de Eiko – Pero tu mirada dice más de lo que podrían tus palabras.

Jaru sonrió levemente, se levantó y se colocó junto a su joven aprendiz para ayudarla en la reparación del droide, que debía estar listo cuanto antes.

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Publicado el 6 julio, 2009 en Relatos. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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